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Restaurante "Rafael"

“Rafael” lo mejor de mi visita a Lima.

En una esquina del distrito de Miraflores, pintada de un color casi perfectamente indefinible, entre un bordeax desteñido y un ladrillo atintado, grandes maceteros a cada lado de la puerta y esteras colgando de las ventanas que aununcian un lugar desacartonado, se encuentra el restaurante “Rafael”.

Decidimos que un almuerzo sería lo razonable, en aras de evitar la culpa clásica de los excesos nocturnos. Al entrar se aprecia una decoración eclética, donde comparten escena los colores claros de mantelería, las  cortinas y  la vestimenta de los mozos. Este- entre otros- es un detalle a destacar. En la mayoría de los restaurantes premium de Lima, los mozos están ataviados de traje y corbata impecables, dando la impresión de que  uno podría estar bajo la amenaza de un peligro potencial  por lo cual necesita guardaespaldas, o bien que se está por entrar a una sala de reunión donde se decidirá el destino de una nación, o sea, rígido. En cambio en “Rafael” el ambiente es de relax, los mozos lucen camisas claras algunas con rayitas pálidas o cuadritos en colores pastel, y los delantales son inmaculadamente blancos. El ambiente es luminoso y con una acústica impecablemente cuidada, mucha tela, las mesas con muletones de fieltro, doble mantel y forradas sus patas con material  acústico, un placer para la vista y los oídos para empezar.

Preguntamos al entrar si Rafael Osterling su dueño -varias veces distinguido con la calificación del mejor Chef de Perú-  estaba presente, a lo que se nos contestó que no. Qué pena pensamos, hubiera sido interesante ver al creador de este recinto, verdadero homenaje a la gastronomía.

Ahora bien, pasemos a la vedette del local, la comida. Un menú variado, no excesivamente largo aunque tampoco corto, con una propuesta de opciones a cuál más atractiva., tapas, abrebocas, pastas, pescados, carnes  y otra carta para postres.
Nos rendimos al vino blanco chileno, que empezó temprano acompañado de pan casero caliente de oliva negra y pan blanco, custodiado por tres mousses, de garbanzos, de oliva y fondue de queso, además de un aceite de oliva aderezado con chiles y manchas de una reducción de aceto con azúcar, sin palabras, perdimos el control atacando la panera sin importar nada más, así vale la pena subir de peso¡!!

De  entrada -para compartir- pedimos “gnocchis de queso de cabra y ricotta con pesto de corte a mano, alcachofas, zucchini, tomates cherry y fuego de muzzarella de búfala. En un plato hondo, de ala ancha, los vegetales en el centro y los gnocchis, bien pequeños con textura absolutamente tierna, casi como un mousse de papa, alrededor de los mismos,  en su suave salsa serpenteados con pesto.  El sabor sublime, controlado, la “crocantez” (si señores en la Real Academia Española no existe palabra exacta para eso, así que invento) de los vegetales perfecta. La foto les ilustra a esta maravilla.

De fondo, nos fuimos al mar: “Atún grillado en costra de hierbas, langostinos, emulsión de pesto, ensalada provenze y patatas crujientes” y “pesca del día, (en este caso corvina), “Akishiso” sellado a la grilla, horneado con shitake, espárragos, portobello y arroz frio al ajonjolí, para nosotros sésamo. La foto muestra la presentación y armonía de estas opciones.
Los platos demoraban algo más de lo esperable, fue cuando se acercó uno de los mozos pidiendo disculpas por la demora, pero  el plato de atún que habíamos pedido era nuevo en la carta, y al parecer Rafael, quien recién había llegado  al ver la preparación no quedó satisfecho, encargándose el mismo la supervisión, cosa que no nos desilusionó, para nada.
Por fin llegaron los platos, una combinación extraordinaria de texturas, sabores, aromas, colores. El atún perfectamente sellado y crudo en el medio, debajo las sabrosísimas papas y a un lado una espuma de pesto y al otro los vegetales.  La corvina en cazuela, con toque japonés en un breve caldo de miso. Mi exigencia quedó muda, perfectos en presentación, punto de cocción, técnica de elaboración, me sacó ese suspiro desde adentro que solamente explota cuando algo es muy, pero muy bueno.

Como corolario, Rafael se acercó a la mesa, vestido de calle pero acalorado de estar en la cocina, en una actitud simpática, canchera  y sencilla conversó un poco con nosotros y nos regaló sus dos menús, cosa poco usual, en un acto de total generosidad.  

A esta guinda del pastel que fue conocer a Rafael Osterling, se agregó el postre.   “Expediente Peruano”, picarón (especie de donut frita, pero seca y perfectamente esponjosa) con suspiro de lúcuma y arroz con leche con gel de fresas. Si, miren la foto para entenderlo. Sencillamente espectacular. Cada trozo del picarón compartido con este Suspiro Limeño hecho con el puré de lúcuma, fruta fibrosa y dulce, que termina siendo más que un suspiro un beso tierno en la boca y con el toque de un arroz con leche casi sin especias endulzado con la jalea de frutillas a temperatura fresca, justifica  todas las onomatopeyas del placer.

Desde ya asumo la responsabilidad de decir, que quién sepa comer bien, no puede ir a Lima sin visitar “Rafael”.

 

Fotos:

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